28 de diciembre de 2017

DIAGNÓSTICOS OBJETIVOS, SIN SUBJETOS


DIAGNÓSTICOS OBJETIVOS, SIN SUBJETOS 
 ¿Cómo se puede diagnosticar a un niño, a una niña, sin preguntarles qué les pasa? Algo le dolerá, algún síntoma sentirá, se encontrará de alguna manera, sufrirá por algo, cierto asunto le inquietará,... ¡Alguna palabra saldrá de su boca que intente explicar su sufrimiento! 
Ya son muchos los casos de diagnósticos con los que tropiezo en los que nadie preguntó a la personita sufriente qué le pasa. Sólo dos ejemplos:
Una madre llegó con un cuestionario para diagnosticar si su hijo tenía TDAH. El caso es que saqué al niño de clase y hablé con él. Le digo que su madre está preocupada. Me dice que lo están llevando a una psicóloga. Le pregunto qué le pasa y me cuenta que está sufriendo por su hermana porque le ha ocurrido algo muy grave. Me lo cuenta. Evidentemente, para preservar el anonimato, no debo desvelar aquí su relato, pero lo que narra es para estar más que alterado y ausente. Y yo me cuestiono: ¿nadie le ha preguntado a este niño por qué no atiende en la escuela? Al poco tiempo, trae informe psicológico de Trastorno por Déficit de Atención. El orientador del centro, ante la demanda de confirmación del diagnóstico externo, quiere comprobarlo y realiza una actividad a toda la clase en la que se encuentra el alumno. Es una prueba en la que se requiere, máxima atención, memoria y capacidad ejecutiva durante un tiempo considerable. Seca la segunda mejor nota de la clase. Evidentemente el diagnóstico no era correcto. Simplemente estaba pasando por un periodo de conflictos familiares que le hacía estar ausente en muchos momentos de clase. Problemática que, quizás, la familia también quería esconder bajo un diagnóstico clínico. ¡Se puede diagnosticar sólo pasando cuestionarios a la familia, juez y parte en esta historia! Y como suele ocurrir, el padre ausente. Es evidente que con un cuestionario sobre TDAH lo más probable es que su hijo salga con la etiqueta, ya que todas las preguntas van enfocadas desde esa visión: no atiende en el colegio, no aprende, se mueve demasiado, está inquieto, etc.
En otra ocasión teníamos un alumno diagnosticado de TDAH desde los 4 años. No sé si la edad es adecuada para una etiqueta tan pesada. El informe venía firmado por un neurólogo. Esto ya es más serio, ¡era médico!. Pues bien, en el diagnóstico ponía como prueba de la etiqueta un cuestionario a la madre. Nadie le preguntó al niño por qué pegaba a sus compañeros, por qué estaba nervioso, por qué no atendía en la escuela, qué le pasaba... Es verdad que tenía 4 años, pero a esa de edad tengo comprobado que los niños y las niñas ya piensan, hablan y razonan. Cuando hablo con el niño me cuenta que su padre pega a su madre y él tiene que separarlos con mucha fuerza, para que no le haga daño... Se me caen dos lagrimones.
Podría contar más historias de este tipo. En cierta ocasión pasé cuestionarios de diferentes “trastornos” al mismo niño y me encajó en todos. Así que es necesario elegir muy bien el cuestionario que pasamos porque puede ser causante de su destino.  Y es que creo que bajo el yugo supuestamente objetivo de las pruebas diagnósticas habría que introducir algún argumento subjetivo: la narración de la persona a diagnosticar. Creo que somos seres subjetivos, no somos objetos. Sería conveniente, antes de cualquier diagnóstico, preguntar primero al diagnosticado. Porque no es tan importante lo que creemos que tiene alguien, sino cómo se siente, qué está sufriendo, qué cree que le pasa  la persona con dificultades.
Como maestro novato de Pedagogía Terapéutica, he llegado a una conclusión provisional, como todas las conclusiones en educación. Creo que debemos ayudar a los niños y niñas preguntándoles primero cuál es su sufrimiento, porque si no tratamos a las personas como sujetos sintientes, reflexivos, con narración propia, autoestima, identidad y conciencia, estamos deshumanizando a la tiernas infancia antes de tiempo.

Diciembre de 2017